Edición 7 de Noviembre 15, 2.006

martes, noviembre 21, 2006

TRAS ESCENA: EN EL CIRCO CALLEJERO.

Por: César Darío Rodríguez Vigoya.
zardarovi@hotmail.com

En uno de los escenarios más tradicionales de Bogotá, artistas de todos los géneros y tamaños preparan su espectáculo multi-étnico y sensitivo.

Es así como Juan Carlos, padre de dos niñas y con seis semestres de ingeniería industrial, toma el viejo estuche donde reposa su instrumento y luego de calibrar y afinar tan preciado objeto, con la maestría que otorgan cuatro años de intensa práctica, da vida y forma a un inerte alambre. Junto a Juan media docena de almas empiezan a mostrar su arte, cada uno con una historia, un lenguaje y una forma de ver la vida.
El museo callejero ofrece siempre algo nuevo para el espectador y solo falta con ver de cerca a Carlos, “el Mono” y Héctor, tres emboladores de calzado procedentes de diferentes puntos de la geografía nacional, quienes sin luces ni fanfarrias demuestran el arte que se esconde en lustrar un zapato. El trío emprende su obra y mágicamente con pases de ‘chiro’ y cambio de ritmo devuelven el brillo y la dignidad al cuero maltratado por el tiempo y el uso.

Como cualquier evento que se respete cuenta con un departamento de prensa dirigido por don Plinio y don Harold, dos fotógrafos con chaleco de marca ‘PALAROID’ quienes revelan en sus canas 38 y 41 años de cubrimiento en diferentes escenarios. Don Plinio tiene 74 años, viudo y padre de un hijo que sigue sus pasos. Enfocar y obturar parece un trabajo sencillo cuando estos fotógrafos, no de cien batallas pero si de cientos de caras ejecutan su labor frente al desprevenido transeúnte que entienda el valor de éste oficio. Fotografía por don Plinio o don Harold $5 mil, perdurar en el tiempo y reconocerse años después no tiene precio.

En medio de la plaza y sin mas ayuda que su desgastada voz aparece en escena Carlos, faquir antioqueño, quien al recostarse sobre vidrios rotos y puntillas impresiona y enmudece al público presente. Después de presentarse en Medellín, Cali, diferentes plazas de Bogotá y hasta en un popular canal de televisión, sigue y seguirá de gira “mientras el hambre puye y el cuerpo lo permita”.

El arte vive, se respira y se siente en cada rincón del gran escenario y solo basta con detenerse un poco y observar con detenimiento, no es necesario pagar grandes sumas ni viajar muy lejos para ser participe de ello. Hacer collares, manillas y demás bisuterías, necesita de gran paciencia y dedicación. Lustrar calzado aunque no lo parezca tiene su ciencia. Fotografiar momentos y lugares, hacerle trampa al peso y al tiempo exige un buen ojo y una buena herramienta. Meterse puntillas y cuchillos en las narices demanda ensayo y nervios de acero.

En fin, cada una de las actividades que aquí mencionamos y aquellas que faltan por nombrar hacen parte del cada vez más competido arte callejero y las personas que lo hacen posible son artistas no tanto por sus obras sino por sobrevivir en una sociedad cada vez más indiferente. La función continuará y la gira rodará por diferentes plazas, ferias y parques “si Dios quiere, si el clima ayuda y si las leyes lo permiten”.

Dedicado a mi amigo Jesús Q.E.P.D.
Fotografías: César Darío Rodríguez Vigoya.